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domingo, 11 de noviembre de 2007

Callarse, no es el mejor camino

Jon Juaristi puntualiza en un magnífico artículo en ABC Hay que recordar que la ONU aprobó el 29 de noviembre de 1947, por 33 votos contra 13, la creación, en dicho territorio, de dos Estados independientes. Hay que recordar asimismo que los Estados árabes se negaron a aceptar la resolución de la ONU y empujaron a los palestinos a levantarse en armas contra el Estado de Israel, y, finalmente, hay que recordar que el exilio de los palestinos fue consecuencia directa de su derrota en una guerra que ellos comenzaron

En la Cumbre Iberoamericana:
Ante la intolerable situación y al observar que las palabras no bastaban para recuperar las buenas formas, Don Juan Carlos acordó con el presidente del Gobierno hacer un gesto para mostrar el desagrado de la delegación española.

El Rey no se calla y manda a callar a Chávez.



Lean el artículo de Juaristi
Marroquinería
JON JUARISTI
NO es que me apetezca discrepar con Mikel Azurmendi, lo más parecido que tengo a un hermano en los vascos de mi generación, pero los paralelismos que traza entre el expansionismo marroquí y el Estado de Israel -véase su Tercera del pasado viernes- sencillamente no se sostienen. Ni fueron los países europeos «encabezados por la Unión Soviética» los que otorgaron a los judíos el territorio de Palestina, extraterrando a sus habitantes, ni el sionismo tenía nada que ver con un nacionalismo étnico. Hay que recordar que la ONU aprobó el 29 de noviembre de 1947, por 33 votos contra 13, la creación, en dicho territorio, de dos Estados independientes. Hay que recordar asimismo que los Estados árabes se negaron a aceptar la resolución de la ONU y empujaron a los palestinos a levantarse en armas contra el Estado de Israel, y, finalmente, hay que recordar que el exilio de los palestinos fue consecuencia directa de su derrota en una guerra que ellos comenzaron. En cuanto al sionismo, partía precisamente del supuesto de la posibilidad de construir un Estado con gentes de etnias muy distintas (askenazíes, sefardíes, judíos árabes, persas, indios, etíopes, etcétera). El Estado de Israel tiene dos lenguas oficiales, hebreo y árabe, y, pese a su carácter de Estado judío, cuenta también con ciudadanos musulmanes, cristianos y drusos. Ciudadanos, no dhimmíes (minorías protegidas) como en los países islámicos. Si esto es un nacionalismo étnico, venga Dios y lo vea. Por supuesto, en Israel hay también nacionalistas étnicos, judíos y árabes, más o menos organizados en grupúsculos ruidosos y violentos. Afortunadamente, ni unos ni otros determinan el carácter del Estado.
Es curioso que a Mikel Azurmendi se le haya escapado lo que verdaderamente tienen de similar la situación de Israel y la nuestra. Ambas se definen por reclamaciones de sesgo irredentista sobre territorios de dos Estados soberanos, azuzadas en ambos casos por la Liga de Estados Árabes. La diferencia es que, en la nuestra -como muy bien lo ha visto Azurmendi-, el Gobierno parece más interesado en comprender las razones del contrario que en defender la soberanía nacional. Como España no es una nación étnica, sino democrática, reconocemos como parte de la nación soberana y en igualdad de condiciones con los demás ciudadanos españoles a los melillenses y ceutíes musulmanes, sean o no hablantes originarios de tamazigh. Sólo desde un radical nacionalismo étnico puede explicarse la «traición generosa» de los españoles que ven marroquíes irredentos en estos conciudadanos nuestros. Se trata del mismo tipo de estupidez de aquéllos que consideran a los árabes israelíes -cristianos o musulmanes- palestinos nacionalmente oprimidos por los israelíes judíos, y eso sin haberse tomado la molestia de saber lo que opinan los interesados.
Sinceramente, pienso que a tales luminarias, aunque hayan pasado por la diplomacia, es inútil recomendarles la lectura de Renan y de otros clásicos de la nación democrática. Son los desechos de la tienta totalitaria, acostumbrados a plantear las diferencias sociales y culturales como diferencias étnicas o nacionales irreducibles. Y nada digamos de la geografía. Deterministas a ultranza, razonan en el fondo como Le Pen, aunque se las den de progresistas. Todas las etnias son iguales, sostienen, pero cada una en su nación correspondiente: los musulmanes, en Marruecos, que es donde se sentirán felices. A éstos hay que aclararles que, aun en el hipotético caso de que Ceuta y Melilla estuvieran pobladas solamente por ciudadanos musulmanes de abuelos rifeños, cualquier gobierno español tendría la misma obligación de defender ambas ciudades del anexionismo marroquí que si fuesen sendas poblaciones de Tierra de Campos con vecinos cristianos de pura estirpe leonesa.La misma, por cierto, exactamente la misma, que le incumbe en la defensa de la soberanía nacional en Lizarza, por ejemplo. Pero me pasa lo que a Mikel Azurmendi: no le veo yo a este Gobierno muy dispuesto a frenar a los nacionalistas, ni a los vascos ni a los marroquíes. Que al menos, de aquí a las elecciones, no nos impongan actos de contrición por el pasado colonial, ni siquiera los que podría firmar cualquier demócrata.

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